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NOVELA ROMÁNTICA LUZ MARÍA

4 Jul

Hola, ahora les voy a compartir un fragmento del capítulo “EL BAÑO”, de la novela romántica/erótica de Silvia Eugenia Ruiz Bachiller (aún inédita), con su permiso, por supuesto, ya que tiene (c) y no se debe copiar sin su autorización.

“EL BAÑO

EC1195-001

Pasaron más de tres semanas desde que tuvo ese hermoso sueño.

(…)

Un sábado que estaba sola, porque Carlos, como siempre se había ido a jugar y las niñas a una fiesta, se sentía tan tensa, que decidió darse un relajante baño de tina.

Preparó cuidadosamente el agua, le añadió burbujas, avena suavizante y cuando vertió la última gota del aceite perfumado en el agua, se rio de sí misma al pensar que su baño iba a parecer receta de cocina.  El agua se veía invitante.  Se desnudó lentamente, gozando sensualmente por anticipado.  Antes de meterse al agua, se echó un vistazo, así, desnuda, en el espejo de cuerpo entero de la puerta del baño.  No estaba mal.  Se excitó un poco.  Se metió lentamente en la tina, el agua estaba en la justa temperatura para gozarla.  Se recostó después de colocar una toalla doblada para recargar la nuca y estar más cómoda y cerró plácidamente los ojos.  De inmediato empezó a recordar y fantasear, por supuesto, acerca de Andrés. Rememoró las primeras entrevistas en el despacho de Andrés, después de su última reconciliación.

Como el mobiliario era diferente, también tenían que encontrar soluciones distintas para hacer el amor.  A ella le gustaba más ahí, porque él forzosamente se tenía que separarse de ella al descubrirse y entonces ella podía contemplarlo por algunos segundos.  Era algo que le fascinaba, en el sentido literal de la palabra.  Se quedaba como hipnotizada admirándolo; le causaba una impresión estética difícil de explicar, porque, curiosamente, no era algo erótico, sino puramente estético.  El impacto era tan grande que se le cortaba la respiración (ya a estas alturas bastante acelerada), sentía una opresión en el pecho y una sensación como de mareo.  Todo eso era sólo por contemplar a su amado al natural, bueno, lo que era posible ver al natural en esas circunstancias, porque estando en el despacho, ninguno de los dos se desvestía, sólo se deshacían de lo que estorbaba.  Pero había más, porque él se tomaba a sí mismo, con esas manos que a ella también le encantaban, y, por la manera de hacerlo, daba la impresión de que le estaba brindando un ofrenda, una bellísima ofrenda, como en las culturas ancestrales, tales como la babilónica, la hindú o cualquier otra en las que se llevaban a cabo ritos de fertilidad, en que a la Madre Tierra, la fértil, le ofrendaban la semilla que la fecundaría.

Ella veía en los movimientos de las manos de Andrés, al tomarse a sí mismo, una especie de entrega ritual, un darse a ella… Sólo eran unos pocos segundos, quizá sólo uno, pero era suficiente para llevarla al paroxismo de la felicidad, al sentir  esa bella emoción de ser adorada por él y pensarse merecedora de tan hermosa ofrenda.

No se explicaba lo que la hacía sentirse así, si el ademán de sus manos, la emoción que demostraba al hacerlo, lo precioso de lo que se le ofrecía o simplemente que estaba enamorada (esto último era lo más probable), pero ella sentía emociones sin límite en esos segundos anteriores a su fusión y, claro, eso la hacía disfrutar mucho más de esa unión, pues dejaba de ser puramente física, para ser una conjunción de emociones y sentimientos, cuyos portadores eran sus cuerpos; pero iba mucho, mucho, muchísimo más allá de lo físico.  Quizá era por eso que ella nunca había sentido orgasmos como los que tenía con él; eran tan diferentes, como de otra naturaleza, distinto a todo lo que ella había conocido hasta entonces.

El agua se estaba enfriando y añadió más agua caliente para seguir gozando de su baño y sus ensoñaciones.  Se volvió  a acomodar   y ahora empezó a recordar cómo fue que después de haberlo deseado tanto y de haber sufrido hasta la exasperación cuando terminaron la primera vez, al fin se le había cumplido su anhelo.

Cuando él la había llamado, pidiéndole perdón y reconociendo que no podía estar sin verla, habían quedado de ir ¡por fin! a un hotel, discreto y elegante, donde pudieran explayarse y expresar su amor.

Desde que cerraron la puerta se besaron apasionadamente, como siempre y sin dejar de besarse se desvistieron uno al otro.  Hubo una pequeña tregua para contemplarse mutuamente, antes de que él le quitara la última prenda, esa que era la única de la cual la despojaba cuando hacían el amor en el despacho o el bufete; esa prenda de encajes que él disfrutaba tanto en desprender de su cuerpo.

Ahora, por segunda vez en más de un año, estaban desnudos ante el otro.  Andrés quiso verla, contemplarla, así que dejó de besarla un momento y se separó un poco para poder admirarla a gusto, pero no pudo disfrutar mucho tiempo de la vista, pues tenía prisa por algo más tangible; así que se acercó y empezó a besarle el cuello, bajó a los pechos, el vientre y luego con los labios desprendió el bikini de seda con encajes, que más que ocultar, resaltaba el tesoro que él deseaba descubrir.  Ahora no tuvo que pasarlo sobre sus sandalias de tacón, pues fue lo primero que ella aventó cuando entraron a la habitación.  Luz María se echó hacia atrás y él la siguió, quedando sobre ella, se frotaron como siempre, pero ¡qué diferencia!, ahora no había ropas que estorbaran ni se interpusieran entre ellos; ella se excitó tanto, que le pidió la unión total, cuando lo hizo, Luz María lanzó un grito que asustó a Andrés “¿te lastimé?”, ella rio, “no, grito de placer, aquí sí puedo hacerlo”.  Se sentía feliz de poder demostrar sus emociones y gritar, jadear, gemir ¡era maravilloso!

El la amó apasionadamente y ella le correspondió en la misma forma; cuando sintió que Andrés llegó al “punto sin retorno”, se preparó para el “gran éxtasis”, como le llamaban al orgasmo simultáneo, en el que gozaban más, porque además de su propio placer, disfrutaban del placer del otro.  Los dos llegaron al mismo tiempo al final y se sintieron más que nunca como un solo ser en lo máximo de su expresión.

Llegó el relajamiento, necesario, porque se habían fatigado mucho.  En esa ocasión él no se había separado de Luz María de inmediato, como lo hacía usualmente, sino que se había quedado unido a ella y de vez en cuando hacía un movimiento que la hacía volver a gemir, sin saber si era todavía residuos del clímax de Andrés o si lo hacía para darle más placer.

Al fin se separaron y él se acostó a su lado, rodeándole los hombros con su brazo; ella se acurrucó en ese hueco y con su mejilla rozaba a el velludo pecho de Andrés.  Todavía no podían hablar; tardaron bastante para poder hacerlo.  El inició la plática.

-¿Cómo te sientes?

-Feliz, ¿y tú?

-Si esto es la felicidad, desde luego que me siento feliz, pero ¿no crees que si es así, dura muy poco?

-No lo digas.  Me siento feliz ahorita y es lo único que me importa, para mí la felicidad es un estado de ánimo y dura… hasta que se acaba.  Déjame ser feliz aquí y ahora, sin preguntarme cuánto va a durar ¿sí?-  él no contestó, sólo la besó tiernamente en los labios.

Después platicaron un poco de sí mismos, sus alegrías familiares, profesionales, sus problemas… lo mal que la habían pasado cuando estuvieron alejados…

Nuevamente el agua se había enfriado y volvió a llenar la tina con más agua caliente, añadiendo más aceite, ¡se sentía tan sensual!, y estaba dispuesta a sólo tener recuerdos felices.  Volvió a acomodarse, era agradable estar así, sola en la casa, la contestadora puesta, el timbre desconectado y nadie que la molestara, para así poder disponer del tiempo que quisiera para soñar con él.

Con sus recuerdos y sin necesidad de tocarse ya había tenido varios pequeños orgasmos y se sintió plácida y sensual, así que siguió recordando.  Ahora le tocaba el turno al mejor de sus recuerdos.  El que atesoraría por el resto de su vida, aunque volviera a suceder (como ella esperaba); aquél era inolvidable por haber sido la primera vez para los dos.

Aquella misma ocasión, después de descansar un poco y de bañarse juntos, jugando como chiquillos, volvieron al lecho.  Empezaron a acariciarse tiernamente, ninguno de los dos pensaba en otra fusión como la anterior; no estaban hartos, pero sí contentos y satisfechos; las caricias eran solamente tiernas, amorosas, no necesariamente sexuales, pero sin querer, al tocarse ciertos lugares,  empezaron a excitarse y entonces sí hubo, ya, intención erótica en sus caricias.  Volvieron los besos apasionados y las caricias sensuales y ella nuevamente quiso hacerlo gozar, así que volvió, como la vez anterior, a besar todo su cuerpo, a hacerle cosquillas con la lengua: en las pestañas, en las orejas, en el ombligo; él, sintiéndose cada vez más excitado, comentó que tenía una lengua “deliciosa”; mientras ella bajaba por  el cuello; los hombros; el pecho, en el que gozaba enredando sus finos dedos entre la oscura vellosidad; que a ella le excitaba acariciar, y que empezaba en un triángulo tupido en el pecho, se angostaba en un sendero que tenía un remolino en el ombligo y terminaba en otro triángulo, más tupido. Luz María siguió el sendero con su lengua y por fin llegó al lugar que  él esperaba y donde ella se dio vuelo, “mariposeando” con su lengua de arriba a abajo, de un lado a otro.

El perdió la conciencia de todo lo que no fuera sentir.  Murmuraba cosas que ella no entendía, la mayoría de sus palabras eran inaudibles, pero a ella no le interesaba nada que no fuera disfrutar al máximo lo que estaba haciendo.  Jamás pensó llegar a excitarse así con una relación oral, nunca creyó que su boca tuviera esa sensibilidad para el erotismo, porque verdaderamente estaba loca de pasión.  Andrés, por su parte, trataba de alargar el placer y no quería terminarlo, pero su control andaba perdido en algún lugar de su conciencia, que también andaba perdida.

Cuando lo sintió llegar al “punto sin retorno”, dudó por una fracción de segundo, pero recordó que ella quería vivir esa experiencia, así que no se movió porque ahora, que estaba tan excitada, era el momento ideal para realizar su deseo.

Cuando él se dejó ir, ella se sintió inundada de una tibieza con reminiscencia de sabor a guayaba.  Fue algo placentero y emocionante; fue un acto de amor, un acto de entrega y aceptación ¿de quién a quién?, no importaba, ambos se entregaron al amor del otro.

Para Andrés, esa fue una culminación de su amor; diferente a cualquier otra ocasión; él también sintió una entrega total, aunque sin poder definir si de él o de ella, porque era de ambos.  Percibió  un amor absoluto y completo. Ahora sentía que le pertenecía a Lucy y se sentía feliz de aceptarlo.  Nunca antes había tenido esa sensación de unión, pertenencia, comunión, ser uno solo; de lograr lo que todos buscamos de una u otra forma: unir dos seres en uno, aunque sea sólo por un instante.

Luz María vivió esos momentos como en cámara lenta, subjetivamente aquello duró mucho tiempo; todo era maravillosamente lento.  Por otra parte, cuando todo terminó, sintió que había sucedido demasiado rápido, que no alcanzó a disfrutarlo, que se había acabado casi sin darse cuenta, pero acabó y él sólo pudo decir entrecortadamente -te amo.

Luz María abrió los ojos sintiéndose todavía fuera de este mundo, parpadeó y Andrés pudo ver varias lucecitas juguetonas en sus ojos.

-¿Sabes a qué sabes?

-No sé a qué te refieres.

-A que en este momento lo vas a saber y a saborear-  se acercó y de dio un beso en la boca.  El no se resistió y, para su sorpresa, encontró que el sabor era agradable.  Lo miró con ojos traviesos.

-Sabes rico, ¿verdad?

Sin contestarle él la volvió a besar tierna, muy tiernamente…

(…)

**************

ENLACES RELACIONADOS

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” V L A D ” CUENTO

15 Jun

Excelente cuento erótico

serunserdeluz

Por: Silvia Eugenia Ruiz Bachiller (SER), ver  condiciones de (c) al final

” V L A D ” 

VIERNES 17  DE MARZO DE 1995.

Ivette sintió la profunda mirada desnudándola, no sólo el cuerpo, sino también el alma.  Su incomodidad era evidente.

-¿Te sientes mal?-  preguntó Mónica, acercándose a su amiga y ofreciéndole una copa.

-No, pero sí un tanto extraña… – disimuladamente miró hacia el bar, donde estaba ese extrañísimo hombre -¿quién es él?

Mónica sonrió con complicidad – un europeo recién llegado, se llama Vladimir le comte de Walakia, o algo así, pero le dicen Vlad.  Acaba de quitarle la migraña a la anfitriona; estuvimos a punto de cancelar la fiesta porque ella se sentía mal, pero él subió y…- sonrió pícaramente mirando a su amiga por sobre su copa de champaña.

Ivette tomó una copa de la charola y antes de llevarla a sus labios también sonrió…

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